Yo leo a los maestros

sábado, 1 de julio de 2017

Matsuo Bashō (1644 - 1694) Japón

km

A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.
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Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.
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Expuesto a la intemperie y resignado,
el frío... ¡cómo corta
mi cuerpo!
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Sobre la rama seca
un cuervo se ha posado;
tarde de otoño.
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Todo en calma.
Penetra en las rocas
la voz de la cigarra.
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Luna de agosto.
Hasta el portón irrumpe
la marejada.
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Bajo un mismo techo
durmieron las cortesanas,
la luna y el trébol.
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Como recuerdo,
a una amapola
deja sus alas la mariposa.
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Contra mi puerta
muertas hojas de té
que arrastra el viento.
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Racha invernal
disuelta entre bambúes.
Vuelve la calma.
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Lluvia de estío.
Tras la senda del sol,
los girasoles
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Sé tú, no yo,
nunca un melón partido,
mitad idéntica.
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Un leve instante
se retrasa sobre las flores
el claro de luna
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La primavera pasa
lloran los pájaros y
son lágrimas los ojos de los peces
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Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto
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Nada dice
en el canto de la cigarra
que su fin está cerca
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Fin de año.
¡Siempre el mismo sombrero
y las mismas sandalias de paja!
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Ramas de lirio
aferradas a mis pies.
¡Cordones para sandalias!
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Una noche de primavera.
En la sombra del templo
un misterioso hombre suplica.
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En el viejo estanque
la rana se zambulle
el ruido del agua.
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El mismo paisaje
Escucha el canto
Y ve la muerte de la cigarra.
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La tempestad sopla
el rostro
de alguien empapado.
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La luna de la montaña
ilumina también
a los ladrones de flores.
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Muévete, oh tumba,
muestra que me reconoces:
soy el viento de otoño.

sábado, 17 de junio de 2017

Izet Sarajlić (1930 - 2002) Bosnia y Herzegovina



Una granada lanzada desde el Mrkovići

Hace treinta horas
las granadas
llueven sobre nosotros desde todas partes.
Una de ellas
ha sobrevolado ahora
este poema.
Ha sido lanzada desde el Mrkovići
donde antes de la guerra cogía margaritas
con la mujer que amo.
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Una calle para mi nombre

Paseo por la ciudad de nuestra juventud
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas,
se las dejo a los grandes de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Simplemente te amaba.

Busco una calle pequeña, simple, cotidiana,
a través de la cual, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de la muerte.
No es importante que tenga un paisaje hermoso,
tampoco que haya pájaros.
Lo importante es que en ella puedan tener refugio
cualquier hombre o perro en peligro.
Sería hermoso que estuviera empedrada,
pero tampoco esto es imprescindible.

Lo más importante es que
en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia.
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La quema de los libros

Para protestar 
contra la indiferencia de la opinión pública internacional
algunos miembros de la Unión de Escritores
han anunciado que hoy
quemarán en público sus propios libros.

En su comunicado
veo que figura también mi nombre.

Es cierto,
apruebo de corazón esta protesta
contra la indiferencia del mundo,
pero yo nunca quemaré mis libros.

En primer lugar, porque los amo
y después porque será mejor
enviárselos a Ismar,
que hoy trabaja como farmacéutico en Suiza,
para que recuerde
la época en que reparaba mi techo
tapando los agujeros causados por las granadas.
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Teoría de la distancia

La teoría de la distancia la han inventado los estrictos,
aquellos que no quieren arriesgar en nada.

Yo pertenezco a aquellos
que creen que del lunes
se debe hablar el lunes;
es probable que el martes sea demasiado tarde.

Obviamente es difícil estando en la cantina,
mientras caen los proyectiles,
escribir poesía.

La única cosa más difícil es no escribir.
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Nuestros encuentros de amor en el León

Qué hermosa vejez pudimos haber tenido
tú y yo
sin toda esta locura nacionalista eslavo meridional.

Y en cambio,
después de todo sólo nos han quedado
estos encuentros de amor tristes
en el cementerio del León.

Ahora quiero decirte
que por momentos logro ser feliz
en medio de esta infelicidad
cuando en el cementerio me sorprende la lluvia.

Cuánto me gusta empaparme junto a ti.
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Aquel mirlo

¿Qué habrá sido de aquel mirlo
que cantaba la primavera pasada
cuando esperábamos el tren
en la estación de Dovlici?
Pero, ¿puede un poema sobre el mirlo
sustituir el canto del mirlo?
¿Puede?
Lo dudo.
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Desde algún tiempo

Desde hace algún tiempo
no me interesa en absoluto la poesía.

Me interesa la vida.

Los peores lugares en la poesía son, en realidad, la poesía.

En cuanto la vida irrumpe en la poesía,
los versos, casi sin la intervención del autor,
se convierten en poesía.
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Cambio de domicilio

Mis amigos
con cada vez mayor frecuencia
cambian de domicilio.

Le pasó también a Alfonso Gatto.

Hasta ayer
vivía en la romana
calle Margutta.

Ahora habita
en el cementerio
de Salerno.

Este es el peor
de los veintiocho domicilios
que hasta ahora ha cambiado.

Mejor era incluso aquél
de los tiempos de Mussolini:
Alfonso Gatto,
Cárcel Central,
Milano.
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La primera comida sin mi hermana

Es horrible la primera comida sin la hermana
que amabas, que te amaba,
a quien acudiste cuando bombardearon tu casa,
con la cual has compartido
los cuatrocientos días más difíciles de tu vida.

Es horrible ver su silla vacía junto a la mesa.

La comida es la misma que ayer,
pero no se trata del almuerzo.

Se trata del plato menos,
del trozo de pan menos,
del vaso de agua menos.

En realidad,
se trata de un Sarajlić menos
cuando éramos ya pocos.
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Último tango en Sarajevo

La Sarajevo amorosa no se rinde.
Sobre la mesa la invitación para el baile matutino en el "Sloga".
¡Y, por supuesto, vamos!
Mis pantalones están un tanto deslucidos
y tu vestido no es de Via Veneto.
Pero nosotros no estamos en Roma,
nosotros estamos en guerra.

Llega también Jovan Divjak, En las botas se ve
que acaba de llegar de la primera línea.
Cuando te dice ¿bailas? te sientes confundida.
Es la primera vez que bailas con un general.
El general no sabe el honor que te hace
y que tú le haces a él.
Ha bailado con la más celebrada señora de Sarajevo.

Pero ahora este tango... ¡es sólo nuestro!
Nos da vueltas, cansados, la cabeza.
Amor mío, se acaba nuestra maravillosa vida.
Llora, llora, si quieres, no estamos en Via Veneto
y tal vez sea éste nuestro último baile.

sábado, 10 de junio de 2017

Dulce María Loynaz (1902 - 1997) Cuba


El espejo

Este espejo colgado a la pared,
donde a veces me miro de pasada...
es un estanque muerto que han traído
a la casa.
Cadáver de un estanque es el espejo:
Agua inmóvil y rígida que guarda
dentro de ella colores todavía,
remembranzas
de sol, de sombra... —filos de horizontes
movibles, de la vida que arde y pasa
en derredor y vuelve y no se quema
nunca... —Vaga
reminiscencia que cuajó en el vidrio
y no puede volverse a la lejana
tierra donde arrancaron el estanque,
aún blancas
de luna y de jazmín, aún temblorosas
de lluvias y de pájaros, sus aguas...
Esta es agua amansada por la muerte:
Es fantasma
de un agua viva que brillara un día,
libre en el mundo, tibia, soleada...
¡Abierta al viento alegre que la hacía
bailar...! No baila
más el agua; no copiará los soles
de cada día. Apenas si la alcanza
el rayo mustio que se filtra por
la ventana.
¿En qué frío te helaron tanto tiempo
estanque vertical, que no derramas
tu chorro por la alfombra, que no vuelcas
en la sala
tus paisajes remotos y tu luz
espectral? Agua gris cristalizada,
espejo mío donde algunas veces
tan lejana
me vi, que tuve miedo de quedarme
allí dentro por siempre...Despegada
de mí misma, perdida en ese légamo
de ceniza de estrellas apagadas...
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Creación

Y primero era el agua:
un agua ronca,
sin respirar de peces, sin orillas
que la apretaran...
Era el agua primero,
sobre un mundo naciendo de la mano de Dios...
Era el agua...
Todavía
la tierra no asomaba entre las olas,
todavía la tierra
sólo era un fango blando y tembloroso...
No había flor de lunas ni racimos
de islas... En el vientre
del agua joven se gestaban continentes...
¡Amanecer del mundo, despertar
del mundo!
¡Qué apagar de fuegos últimos¡
¡Qué mar en llamas bajo el cielo negro¡
Era primero el agua.
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Divagación

Si yo no hubiera sido....
¿qué sería en mi lugar?

¿Más lirios o más rosas?
O chorros de agua
o gris de serranía
o pedazos de niebla
o mudas rocas...

De alguna de esas cosas, la más fría
me viene al corazón que las añora.
Si yo no hubiera sido,
el alma mía repartida
pondría en cada cosa una chispa de amor...

Nubes habría
más que otras nubes lentas...
(¡la nube que podría haber sido!...)
¿En el sitio, en la hora de qué árbol estoy,
de qué armonía más asequible y útil?

Esta sombra tan lejana parece que no es mía.
Me siento extraída en mi ropaje
y rota en las aguas,
en la monotonía del viento sobre el mar,
en la paz honda del campo,
en el sopor del mediodía!...

¡Quién me volviera a la raíz remota
sin luz, sin fin, sin término y sin vía!
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Hoja seca

A mis pies la hoja seca viene y va
con el viento;
hace tiempo que la miro,
hecho un hilo, de fino, el pensamiento...

Es una sola hoja pequeñita,
la misma que antes vino
junto a mi pie y se fue y volvió temblando...

                                  ¿Me enseñará un camino?
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La extranjera

No era bueno quererla; por los ojos
le pasaban a veces como nieblas
de otros paisajes: No tenían
color sus ojos; eran
fríos y turbios como ventisqueros...

No era bueno quererla...
Adormecía con su voz lejana,
con sus palabras quietas
que caían sin ruido, semejantes
a escarcha ligera
de marzo en las primeras
rosas, sin deshojar
los pétalos...
                        Alguien por retenerla
quiso hacer de toda su vida
un lazo...Un solo lazo fuerte y duro...
                        Ella
con sus frágiles manos rompió el lazo
que era lazo de vida...

                        (A veces, nieblas
de otro país pasaban por sus ojos...)

No era bueno quererla.
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Tiempo

              1
El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro...
¡Quién lo pudiera tornar
—y en tu boca...—otra vez beso!

              2
Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco...

              3
Es tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj...
¡Me quedé fuera del tiempo!...

              4
Tarde, pronto, ayer perdido...
mañana inlogrado, incierto
hoy... ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!...

              5
Un kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento...
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo...)

              6
Voy a medirme el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra... ¡clávala en el viento!
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El madrigal de la muchacha coja

Era coja la niña.

Y aquella
su cojera
era
como un ondulamiento
de viento
en un trigal...

Era coja la doncella,
trazaba eses de plata sobre el viento,
hecha a no sé qué curva sideral...

Cristal quebrado era la niña... Mella
de rosas, por el pie quebrada
(¡y sin cristal que la tuviera alzada!...):
Una rosa cortada
que cae al suelo y que el que pasa huella.

La niña cojeaba
y su cojera en una sonrisa recataba
sin acritud de llanto ni querella:

Como la Noche sella
su honda herida de luz-alba o centella-,
así sellaba
ella
la herida que en su pie se adivinaba...

Nadie la hallara bella;
pero había en ella
como una huella
celeste... Era coja la niña:

Se hincó el pie con la punta de una estrella.
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Cyrina

(Poemas gemelos a una niña muerta)

I
La muerte la dobló sobre las rosas.
Una lumbre de luna mitigada en la niebla
cayó toda la noche sobre el túmulo
de rosas ahuecado para la niña muerta.

El pelo suelto y húmedo
del último sudor, la cabellera
que nadie peinaba ya más nunca,
caía con las flores y las hojas revuelta...

En los ojos abiertos y asombrados
se le cuajaban dos estrellas negras.


II
Por la ventana abierta entraba el sol
y el olor de los campos sobre la niña muerta.
La caja tapizada parecía
un estuche de esencia.

Allá dentro la masa de cabellos
aplastaba las margaritas frescas.

Murió de madrugada y era dulce
como todas las niñas...

El olor del campo
se mezclaba al de la cera
derretida; sobre el cristal zumbaba
obstinada una abeja...

En los ojos abiertos bajo el vidrio
le cabía la Muerte... ¡Toda entera!...
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En mi verso soy libre

En mi verso soy libre: él es mi mar.
Mi mar ancho y desnudo de horizontes...

En mis versos yo ando sobre el mar,
camino sobre olas desdobladas
de otras olas y de otras olas... Ando
en mi verso; respiro, vivo, crezco
en mi verso, y en él tienen mis pies
camino y mi camino rumbo y mis
manos qué sujetar y mi esperanza
qué esperar y mi vida su sentido.

Yo soy libre en mi verso y él es libre
como yo. Nos amamos. Nos tenemos.

Fuera de él soy pequeña y me arrodillo
ante la obra de mis manos, la
tierna arcilla amasada entre mis dedos...
Dentro de él, me levanto y soy yo misma.
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Cheché

                                            (Muchacha que hace flores artificiales)

                                                           Dedico estos veros a la señorita
                                              Mercedes Sardañas, heroína anónima
                                                                                    A ella devotamente

Cheché es delgada y ágil. Va entrada en el otoño.
Tiene los ojos mansos y la boca sin besos...
Yo la he reconocido en la paz de una tarde
como el Hada -ya mustia- de mi libro de cuentos.

Cheché es maravillosa y cordial;
vuela sin alas por calles y talleres.
En invierno hace brotar claveles y rosas y azucenas
con un poco de goma y unas varas de lienzo ...

Esta Cheché hace flores artificiales.
Ella es la abastecedora de escuelas y conventos...
¡La primavera la hace florecer como a tierra virgen!...
Y la deshoja y la sacude en pétalos ...

Ella tiene la altura de los lirios pascuales en sus manos;
y tiene que pasar por sus dedos la mística corona
para la niña de Primera Comunión, enviada desde el cielo ...

Cheché no llora nunca.
Ni necesita cantos en su trabajo largo, silencioso, ligero...
Es seria sin ser agria;
es útil sin ser tosca;
es tierna sin blanduras
y es buena sin saberlo ...

Yo no sé de árbol fuerte más fuerte que su alma...
Ni de violeta humilde comparable a su gesto.
Ni se de ojos de niño más puros que sus ojos,
ni de música grata aún más que su silencio ...

Ella es la Primavera Menor,
la Segadora de prados irreales, de jardines inciertos...
¡Ella es como un rosal vivo!...Como un rosal:
¡Cuando ya hasta las flores su aroma van perdiendo,
yo he encontrado en las flores de Cheché la fragancia de los antiguos mayos,
de los cerrados huertos!...
Más que un clavel me huele a clavel su inocente clavel de trapo...
¡Y más que otras tierras
yo creo que serviría para sembrar una esperanza

la poca tierra humilde y noble de su pecho!...