Yo leo a los maestros

lunes, 30 de septiembre de 2019

Carl Sandburg (1878 - 1967) Estados Unidos


Chicago

      Carnicero para el mundo entero,
      fabricante de herramientas, almacenador de
      trigo,
      niño que juega con trenes, repartidor de
      mercancías por toda la nación;
      tormentosa, malencarada, bravucona,
      ciudad de espaldares capaces:

Me dicen que eres perversa y yo lo creo, pues he visto a tus mujeres maquilladas bajo las farolas, las he visto engatusar a los muchachos.
Y me dicen que eres pérfida y respondo: sí, es cierto, he visto al pistolero matar y salir libre para matar de nuevo.
Y me dicen que eres brutal y mi respuesta es ésta: en las caras de mujeres y niños he visto las huellas del hambre atroz.
Y luego de responder así vuelvo una vez más a quienes se mofan de ésta, mi ciudad, y les devuelvo la mofa y les digo entonces:
venid y mostradme otra ciudad llena de habitantes con la cabeza bien alta, que canten con tanto orgullo por estar vivos, curtidos, por ser fuertes y astutos.
Arrojando imantadas maldiciones en medio de la faena de los empleos que se amontonan uno a uno, he ahí un buen pegador alto y osado, recortado sobre las ciudades pequeñas y blandas;
feroz como un perro cuya lengua se relame de cara a la acción, astuto cual salvaje arrinconado en zonas agrestes, inexploradas,
      sin cubrirse la cabeza,
      palada tras palada,
      destrozándolo todo,
      planeándolo,
      construyendo, rompiendo, reconstruyendo,
bajo el humo, la polvareda en toda la boca, riéndose con sus blancos dientes,
bajo la terrible carga de un destino que se ríe como sólo ríen los jóvenes,
riéndose como un combatiente ignorante que jamás haya perdido una batalla,
alardeando y riendo, seguro de que bajo su antebrazo late el pulso, y bajo sus costillas el corazón de las gentes, ¡riendo sin parar!
Ríe con la risa tormentosa, malencarada, jactanciosa de la Juventud misma, semidesnudo, sudoroso, orgulloso de ser el carnicero, el fabricante de herramientas, el que almacena el trigo, juega con los trenes y reparte los mercancías por toda la nación.
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Asesinos

A vosotros canto
con voz queda, como la del hombre que habla con su hijo
muerto;
con la dureza de un hombre esposado,
sujeto allí donde no puede moverse.

Bajo el sol
hay dieciséis millones de hombres
elegidos por sus dientes brillantes,
su buena vista, sus piernas duras
y porque corre en sus muñecas la sangre caliente y joven.

Y un jugo rojo corre por la verde hierba;
y un jugo rojo empapa la oscura tierra.
y los dieciséis millones asesinan…y asesinan y asesinan.

Nunca los olvido, ni de noche ni de día:
me golpean la cabeza para que los recuerde,
me baten el corazón y yo les devuelvo el grito
y grito a sus hogares y mujeres, a sus sueños y juegos.

Despierto en plena noche y me llega el olor de las trincheras
y escucho la leve agitación de los que duermen en hilera…
Dieciséis millones de durmientes y piquetes a oscuras:
algunos ya durmientes para siempre,

algunos a punto de dormir mañana, dando tumbos, para siempre,
clavados tras la estela de la pena negra del mundo,
comiendo y bebiendo, empeñados en la faena… en un
largo trabajo de asesinos.
Dieciséis millones de hombres
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Bajo el ala de un sombrero

Mientras el murmullo y las prisas
de los pasos que de largo pasan
resuena en mi oído como las olas inquietas
de un mar que azota el viento,
vino a mí un alma
asomada a la mirada de un rostro.

Ojos como un lago
donde ruge un viento de tormenta
me sorprendieron bajo
el ala de un sombrero.
            Pensé en un naufragio en alta mar,
            los dedos magullados y aferrados
            a la puerta desvencijada del comedor.
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Listo para matar

Diez minutos llevo mirándolo.
Por aquí he pasado antes muchas veces y me ha extrañado.
He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un famoso
            general
a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.
Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco,
            reducirlo a un montón de escombros, que se lo
            lleven a la chatarrería.
Te lo diré con toda claridad:
luego de que el granjero, el minero, el tendero, el obrero,
            el bombero y el camionero
hayan sido recordados en sus monumentos de bronce,
dándoles la forma del trabajo de conseguirnos a todos,
algo que comer, algo que vestir,
cuando apilen unas cuantas siluetas
                     recortadas contra el cielo
                     aquí en el parque,
y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el trabajo
              del mundo, que dan de comer a la gente en vez de
              aniquilarla,
entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí
a contemplar con tranquilidad a este general del ejército
              que enarbola su bandera al viento
y cabalga como un demonio en su montura,
listo para matar a todo el que se le ponga por delante,
listo para que corra la sangre roja por la hierba nueva y
              tierna de la pradera, y que la empapen las entrañas
              de los hombres.
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Bajo la luna de agosto

Bajo la luna de agosto
las suaves gotas de plata
caen, resplandecientes,
sobre jardines nocturnos;
y la muerte, burlona gris,
viene susurrándote
como una bella amiga
que te recuerda.

Bajo las rosas del verano
el fragante carmesí se oculta
durante el crepúsculo,
entre hojas silvestres
coloradas; y el amor,
con manos pequeñitas,
viene a tocarte
con miles de recuerdos
y te plantea preguntas bellas
que no tienen respuesta.
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Negro

Soy el negro.
El que canta canciones,
el que baila...
con más suavidad que el algodón...
con más dureza que la tierra oscura,
los caminos apisonados por el sol,
por los pies descalzos de los esclavos...
espumarajos entre los dientes... estridentes carcajadas...
amor rojo por la sangre de la mujer,
amor blanco por los negritos que trastabillan...
amor perezoso por el tañer del banjo...
sudoroso, obligado al jornal de la siega,
altas risotadas con las manos como dos jamones,
endurecidos los puños con el mango,
la sonrisa de los sueños, la duermevela en las junglas de
     antaño,
loco como el sol y el rocío y el goteo, como la poderosa
     vida en la jungla,
meditabundo, triste, farfullando los recuerdos de los
     grilletes:
                    soy el negro.
                    Mírame.
                    Soy el negro.
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Calles demasiado viejas

Caminé por las calles de una vieja ciudad, y eran flacas las calles como gargantas de pescados duros del mar, salados y guardados en barriles por muchos años.

     ¡Qué viejas, qué viejas, qué viejas somos!—seguían diciendo las paredes, arrimadas unas a otras como mujeres viejas del pueblo, como viejas comadres que están cansadas y que hacen lo indispensable.

     Lo más grande que la ciudad podía ofrecerme a mí, un forastero, eran las estatuas de los reyes, en cada esquina bronces de reyes, viejos reyes barbudos que escribían libros y hablaban del amor de Dios para todos los pueblos, y reyes jóvenes que atravesaron con ejércitos las fronteras, rompiendo la cabeza de los contrarios y agrandando sus reinos.

     Lo más extraño de todo para mí, un extraño en esta vieja ciudad, era el ruido del viento que serpeaba en las axilas y en los dedos de los reyes de bronce: ¿No hay evasión? ¿Esto durará para siempre?

     Temprano, en una racha de nieve, uno de los reyes gritó: “Échenme abajo, donde no me puedan mirar las comadres cansadas; tiren el bronce mío a un fuego feroz, y fúndanme en collares para niños que bailan”.
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Octubre

Procedente del verano roto
la solitaria hoja roja es un recuerdo aplastado
muriendo mientras el viento y la lluvia
lloran el balbuceo de muerte del verano.
Los tambores de la lluvia tocan una marcha fúnebre a lo largo del día
y a lo largo de la noche el viento llora en lo alto de un árbol
el dolor del corazón por la separación
y la ruina de las rosas.
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Primer linchamiento

Hubo dos Cristos en el Gólgota:
uno bebió vinagre, otro miraba.
Uno estaba en la cruz, el otro en la muchedumbre.
Uno tenía los clavos en sus manos, el otro, agarrando
                     un martillo, clavaba clavos.
Había muchos más Cristos en el Gólgota, muchos más
compañeros ladrones, muchos, muchos en la multitud
                     aullaban el equivalente judeo de: "¡Matadlo! ¡Matadlo!"
El Cristo que ellos mataron, el Cristo que no mataron,
ambos estaban en el Gólgota.

¡Piedad, piedad por estos tobillos rotos!
¡Piedad, piedad por estas muñecas dislocadas!
Los brazos de la madre son fuertes hasta el final.
Ella le sostiene y cuenta los borbotones de sangre de su corazón.

En él había el olor de los barrios bajos,
iniquidades de los barrios bajos encendían sus ojos.
Canciones de los barrios bajos se trenzaban en su voz.
Los enemigos de los barrios bajos odiaban su corazón de
                      barrio bajo.

Las hojas de un árbol de la montaña,
hojas con una girante estrella temblando en ellas,
rocas con una canción de agua, agua, encima de ellas,
halcones con un ojo fijo en la muerte, siempre, siempre,
el olor y el poder de esto estaban en sus mangas, en las
                     ventanas de su nariz, en sus palabras.

El hombre de los barrios bajos fue muerto, el hombre de
                     la montaña vive.
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Astilla

El canto del último grillo
cruza por el frío
de la primera nevada,
y así se despide de nosotros.
Esa astilla delgada que canta.
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Lo que se dirá

Lo peor que se dirá de mi ciudad es esto:
Ustedes alejaron a los niños del Sol y del rocío
y de los resplandores que jugaban sobre el pasto
bajo el magno cielo y el derroche de la lluvia.
Ustedes dejaron a los niños entre muros
para ir a trabajar, abatidos y asfixiados,
y conseguir pan o un salario;
para comer el polvo y luego morir
con un corazón vacío; y todo por la
pequeña ayuda que brinda el salario
durante algunas noches de los sábados.
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Personalidad

(Cavilaciones de un policía adscrito al Despacho
de Identificación)

Has amado a cuarenta mujeres, pero sólo tienes un
     pulgar.
Has llevado cien vidas secretas, pero sólo dejas una huella
     dactilar.
Vas por el mundo y combates en un millar de guerras y
     obtienes todos los honores del mundo, pero
     cuando regresas a tu hogar la huella de uno de los
     pulgares que te dio tu madre es la misma huella
     del pulgar que tenías en el asilo, donde tu madre
     te besó para despedirse.
Del útero revuelto del tiempo provienen millones de
     hombres, cuyos pies atestan la tierra, y se rajan el
     cuello unos a otros por un lugar donde seguir en
     pie, y entre todos ellos no hay dos huellas de
     pulgar que sean iguales.
En alguna parte debe haber un Gran Dios de los Pulgares,
     capaz de contar por dentro la historia de todo esto.
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Guerras

En las guerras de antaño, el tamborileo de los cascos y el
            rumor de pies calzados.
En las guerras nuevas, el runrún de los motores y el siseo
            de neumáticos.
En las guerras por venir, ruedas calladas y zumbido de
            cañas que aún no se han soñado en las cabezas de
            los hombres.

En las guerras de antaño, empuñar de espadas cortas y
            embates de las lanzas en los rostros.
En las guerras nuevas, armas de largo alcance y muros
            destrozados, armas que escupen metal y hombres
            que caen a decenas, a centenas.
En las guerras por venir, nuevas muertes calladas, nuevos
            lanzadores callados que aún no se han soñado en
            las cabezas de los hombres.

En las guerras de antaño, reyes que disputan y miles de
            seguidores.
En las guerras nuevas, reyes que disputan y millones de
            seguidores.
En las guerras por venir, reyes pisoteados en el polvo y
            millones de seguidores de las grandes causas, que
            aún no se han soñado en las cabezas de los
            hombres.
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Murmullos en un hospital de campaña

(Lo recogieron en el prado, donde llevaba dos días tendido bajo la
lluvia, con una esquirla de metralla en los pulmones)

Ven a mí ahora sólo con juguetes...
Una foto de una mujer que cante y tenga los ojos azules
de pie ante un seto de hortensias, amapolas, girasoles...
o un anciano al que recuerdo contar cuentos a los niños,
cuentos de días que nunca sucedieron, en ningún rincón
             del mundo...

Se acabó el hierro frío y duro de manejar,
torneado para emprender la carga.
Tráeme sólo cosas bellas, inútiles.
Sólo cosas del hogar, tocadas por la luz del atardecer, en
              la quietud...
y en la ventana, un día de verano,
el amarillo en el nuevo cuenco de la mantequilla
frente al rojo de las rosas que trepan...
y que el mundo sólo fueran juguetes.
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Opciones

Es mucho lo que te ofrecen.
            Yo, bien poco.
La luz de la luna que de noche juega con el agua de las fuentes
y esparce una monotonía embriagadora,
mujeres sonrientes, de hombros desnudos, charlas
y fuegos cruzados de amores y adulterios
y el miedo a morir
                           y el recuerdo de los pesares:
todo eso te ofrecen.
Yo en cambio vengo con
             el pan y la sal
             un empleo terrible
             y la guerra infatigable.
Ven, pues y disfruta
             del hambre
             del peligro
             y del odio.