Yo leo a los maestros

sábado, 21 de febrero de 2015

Elizabeth Bishop (1911 - 1979) Estados Unidos


Durmiendo en el techo

¡Se encuentra todo tan tranquilo en el techo!
Esa es la Place de la Concorde,
Las luces de la pequeña araña apagadas
y la fuente allá en lo oscuro.
No hay un alma en el parque.

Abajo, donde el empapelado está desprendido,
el Jardin des Plantes ha cerrado sus puertas.
Aquellas fotografías son animales.
Las poderosas flores y el follaje susurran,
bajo las hojas los insectos cavan.
Debemos ir debajo del empapelado,
conocer al insecto gladiador,
combatir con una red y un tridente
y dejar la fuente y la plaza,
pero oh, si pudiésemos dormir allí...
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Una fría primavera

Para Jane Dewey, Maryland

“Nada es tan hermoso como la primavera”
Manley Hopkins

Una fría primavera:
la violeta fue dañada en el césped.
Por dos semanas o más dudaron los árboles,
las pequeñas hojas aguardaron,
indicando cuidadosamente sus características.
Finalmente un grave polvo verde
se asentó sobre las grandes colinas sin sentido.

Un día, con una efímera ráfaga de sol,
al costado de una de ellas nació un becerro.
La madre se detuvo, mugiendo,
y demoró un largo rato para comerse la placenta
(una bandera miserable)
pero el becerro se levantó inmediatamente
y pareció inclinado a sentirse contento.

El día siguiente
fue mucho más cálido.
Flores de un blanco verdoso aparecieron en el bosque,
cada pétalo, aparentemente quemado por colillas de cigarrillo,
y el desdibujado arbusto permaneció
junto a esto sin moverse, pero siendo casi
más movimiento que dotado de algún placentero color.
Cuatro venados practicaban salto sobre tus cercas,
infantiles hojas de roble nadaban en el sobrio follaje.
El verano dio cuerda a los pájaros cantores,
sobre el árbol de maple el complementario cardenal
chasqueó su látigo y el dormilón despertó
extendiendo millas de verdes ramas hacia el sur.
En su gorra las lilas blanquearon,
la que un día sintieron como nieve.

Ahora, en el atardecer,
viene una nueva luna.
Las colinas crecen suavemente
De a mechones, la hierba alta muestra
dónde yace el ganado.
Las ranas-toro cantan,
descuidadas cuerdas pulsadas por dedos pesados.
Debajo de la luz, contra tu blanca puerta principal,
las pequeñísimas bocas, como abanicos chinos
se aplastan sobre sí mismas, plata y plata-dorado
sobre pálido amarillo, naranja o gris.

Ahora, desde la espesa hiedra, las luciérnagas
comienzan a elevarse:
arriba, luego abajo, de nuevo arriba,
iluminadas en el vuelo ascendente,
moviéndose al unísono hasta la misma altura,
exactamente como burbujas de champaña.
Luego llegan mucho más alto con su vuelo.
Y tus penumbrosos pastos serán capaces de ofrecer
esos tributos particularmente brillantes
cada atardecer, a través del verano.
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Carta a New York

En tu próxima carta quisiera que me dijeras
a dónde estás yendo y qué estás haciendo.
Cómo son los teatros y después de los teatros
qué otros placeres estás persiguiendo:

tomando taxis en medio de la noche,
manejando como para salvar tu alma,
donde el camino dobla y dobla por el parque
y el parquímetro brilla como una lechuza moralista

y los árboles lucen tan raros y verdes,
parados y solos en grandes cuevas negras
y súbitamente estás en un lugar diferente
donde todo se ve pasar en olas,

y no puedes atrapar la mayoría de los chistes
como palabras sucias borradas de un pizarrón
y las canciones suenan fuerte pero en cierto modo apagadas
y eso nos alcanza tan terriblemente tarde,

y saliendo de la casa cuya puerta está
bajo el nivel de la acera gris, a la mojada calle,
un lado de los edificios se levanta con el sol
como un reluciente campo de trigo.

...Trigo, no avena, querida. Estoy asustada:
si esto es trigo no es nada de tu siembra.
Aún así me gustaría saber
qué estás haciendo y a dónde estás yendo.
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El arte de perder

El arte de perder no cuesta tanto
hay tantas cosas empeñadas en
perderse, que su pérdida no importa.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud
de las llaves perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Practica entonces perder más, y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se suponía
que viajarías. Nada de esto será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- la última,
o penúltima de tres casas queridas.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades entrañables. Incluso,
algunos sitios de los que era dueña, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

A pesar de perderte (tus bromas, gestos
que amo) no habré mentido. Es evidente
el arte de perder no es muy difícil de dominar
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.
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Ciudad nocturna

No hay pie que lo pudiera resistir,
los zapatos son demasiado frágiles.
Cristal roto, botellas rotas,
que se queman a montones.

Sobre aquellos neumáticos

nadie podría caminar:
aquellos ácidos llameantes
y sangres jaspeadas.

La ciudad hace arder lágrimas.
Un lago acumulado
de aguamarina
comienza a humear.

La ciudad hace arder culpas.
—Para la eliminación de culpas
el calor central
debe ser de esa intensidad.

Diáfana linfa,
sangre turgente y brillante,
salpica
en coágulos dorados

adonde, fundidos, fluyen,
por los oscuros alrededores,
verdes y luminosos
ríos de silicio.

Un charco de asfalto
un magnate
lloró por sí mismo,
una luna ennegrecida.

Otro levantó
un rascacielos con su llanto.
¡Mira! Sus cables
chorrean, incandescentes.

La conflagración
lucha por aire
en medio de un vacío espantoso.
El cielo está muerto.
(Sin embargo, hay criaturas,
cuidadosas, más adelante.
Ponen sus pies en el suelo, caminan:
verde, roja; verde, roja.).
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Insomnio

La luna, en el “espejo del tocador,
mira a un millón de millas
(y tal vez, con orgullo, hacia sí misma,
pero nunca, nunca sonríe)
de distancia, más allá del sueño, o
tal vez duerma de día.

Por el Universo desertado
le diría ella que se fuera al infierno,
y encontraría un cuerpo de agua
o un espejo en el cual habitar.
Envuelve entonces tu inquietud en telarañas
y arrójala al pozo

a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son realmente el cuerpo,
donde pasamos en vela las noches
y los cielos son tan poco profundos
como profundo es ahora
el mar, y tú me amas.
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Algunos sueños que ellos olvidaron 

Los pájaros muertos cayeron sin que nadie
los hubiera visto volar o pudiera
imaginar desde dónde. Eran negros,
sus ojos estaban cerrados, y nadie
supo qué clase de pájaros eran. Pero todos
se apoderaron de ellos y miraron
hacia arriba, por el reciente y largamente
infundibilizado cielo.
También cayeron gotas oscuras. Se recogieron
en los canales del tejado, se congregaron
en los cielorrasos sobre los hechos de todos ellos;
toda la noche, gotiformas misteriosas,
colgaron sobre sus cabezas, se esparcieron
después entre sus dedos distraídos, rápidas
como el rocío hojas afuera.
Y ellos, ¿dónde habían visto
bayas silvestres tan perfectamente negras como éstas
y que brillaran igual al alba? Señuelos
de centro negro, en altas ramas, o debajo
de las hojas. Venenosas, pensaron
y las olvidaron o —¡recuerda!— comieron
de los sobrecargados árboles. ¿Qué flores
se encogen como semillas, como éstas o la aguileña?
Pero hacia las ocho o las nueve, los sueños
de todos ellos son inescrutables.
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Un milagro para el desayuno

A las seis en punto ya esperábamos el café,
esperábamos el café y la migaja caritativa
que iban a servirnos desde cierto balcón
—como reyes antiguos, o como un milagro.
Todavía estaba oscuro: un pie del sol
se posó en una larga onda del río.

El primer ferry del día acababa de cruzar el río.
Con tanto frío, confiábamos en que el café
estuviera muy caliente —ya que el sol
no prometía ser tibio— y en que la migaja fuera
un pan para cada cual, con mantequilla, por milagro.
A las siete, un hombre salió del balcón.

Permaneció un minuto, solo, en el balcón
mirando hacia el río por encima de nuestras cabezas.
Un sirviente le alcanzó los elementos del milagro:
una simple taza de café y un panecillo
que él se puso a desmigajar —su cabeza
literalmente entre las nubes, junto al sol.

¿Estaba loco el hombre? ¿Qué cosas bajo el sol
intentaba hacer, allá arriba en su balcón?
Cada cual recibió una migaja, más bien dura,
que algunos arrojaron desdeñosos al río,
y en una taza una gota del café. Entre nosotros,
hubo quienes siguieron esperando el milagro.

Puedo contar lo que vi entonces. No fue un milagro.
Una hermosa mansión se alzaba al sol
y llegaba de sus puertas aroma a café caliente.
Al frente, un balcón barroco de yeso blanco,
guarnecido por pájaros de los que anidan junto al río
—lo vi pegando un ojo a la migaja—
y corredores y aposentos de mármol. Mi migaja
mi mansión, hecha milagro para mí,
a través de los siglos, por insectos y pájaros y el río
que trabajó la piedra. Cada día a la hora
del desayuno, me siento al sol en mi balcón,
encaramo en él los pies y bebo litros de café.

Lamimos la migaja y tragamos el café.
Al otro lado del río, atrapó al sol una ventana
como si el milagro se hubiera equivocado de balcón.
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Invitación a miss Marianne Moore 

Desde Brooklyn, por encima del puente
de Brooklyn, en la mañana espléndida, por favor
ven volando.
En una nube de substancias químicas,
ardientes y pálidas,
por favor ven volando
al rápido redoble de miles de tambores
pequeños, azules,
que bajan desde el cielo aborregado
por las graderías resplandecientes
de las aguas del puerto,
por favor ven volando.

Silbatos, gallardetes y humo estallan. Las naves
se hacen señales cordiales con multitud de banderas
que se elevan y se abaten sobre la bahía como
pájaros.
Entran en escena dos ríos: graciosamente,
portan diáfanas, pequeñas, innumerables aguamares
en centros de cristal de roca sobrecargados de
cadenas de plata.
Será un vuelo seguro. Que haya buen tiempo
es asunto arreglado. Las olas
corren en verso esta espléndida mañana.
Por favor ven volando.

Ven: con zapatos negros que despidan
por las puntas, afiladas un destello de zafiro;
con una capa negra de alas de mariposas
y de ocurrencias; con sabe Dios
cuántos ángeles montados en la negra
y ancha ala de tu sombrero.
Por favor ven volando.

Trae contigo un ábaco, musical, inaudible,
y un ligeramente reprobatorio entrecejo
y unas cintas azules.
Por favor ven volando.

Hechos y rascacielos relumbran en la marea;
Manhattan, esta espléndida mañana,
está empapada en buenos principios. Entonces,
por favor ven volando.
Montada en el cielo con innato heroísmo,
por encima de los accidentes y las películas inmorales,
por encima de los taxis y las injusticias de
toda especie,
mientras soplan los cuernos en tus lindos oídos
que simultáneamente escuchan una suave,
no inventada música apta para almizcleros,
por favor ven volando.

Tú, por quien se comportan los más rígidos museos
con igual cortesía que el gasta-reverencias
ave-macho; a quien esperan los afables
leones que descansan sobre la escalinata
de la Biblioteca Pública, ansiosos
por saltar y seguirte puertas adentro
hasta la sala de lectura,
por favor ven volando.

Con dinastías de construcciones en negativo
que se vayan tornando ininteligibles
y caigan muertas a tu alrededor;
con una gramática que de improviso vire y brille
como el plumón de las aguanieves en pleno vuelo,
por favor ven volando.

Ven como una luz por el cielo blanco
y aborregado, como un diurno
cometa provisto de una larga,
no nebulosa cola de palabras;
desde Brooklyn, por encima del Puente
de Brooklyn, en la mañana espléndida
por favor ven volando.